lunes, 1 de enero de 2018

Voy a acercarme a su mesa, estaba pensando. Voy a acercarme y, de hecho, lograré que me diga que me siente. O que tome asiento. Es medio inglesa. Seguro habla así de rebuscado. Y yo "tomaré asiento". Intentaré no reírme de la expresión. Me sentaré sin agobio con Alicia Flora Sánchez Smith. ¿Qué habrá hecho el campuruso de Sánchez para que la señorita Smith posara sus ojos verdes almendrados en él? Tan burdo como era, tan impresentable en la sociedad de la muchacha. Me encantaría poder verlos por un huequito. El primer encuentro. La lascivia instintivamente nacida y censurada en el acto por ese joven que nunca había visto mundo y que se encontraba de pronto con que la "patroncita" se había mudado a la Hacienda al morirse su mamá. Que no hubiese visto mundo incluía no haber visto mujeres. Mujeres de verdad. Porque las que trabajaban en el campo eran como machos; sudaban y cargaban guacales de fruta y de verdura todo el día, arreaban a los animales, barrían las alcobas, regaban los sembradíos. Entonaban canciones que no habían cambiado de generación en generación desde la Conquista, y que no tenían otra función que la de hacer pasar el tiempo con más o menos ligereza. Y ella, ¿qué pensaría? ¿Se habría sonrojado ante sus ojos fijos, habría sentido una mariposa revoloteándole entre las piernas y mordiéndole con suavidad los muslos? ¿Habría sido un romance entre las caballerizas, al principio, el día que ella le hizo creer que habían coincidido casualmente cuando en realidad se había aprendido de memoria sus horarios, sus rutinas, y había decidido esperarlo fingiendo que visitaba a Junque, su caballo preferido? ¿Se la habrá arrebatado con la fuerza y el brillo de sus hombros, con el vapor de su aliento, al convento? 
Según mi abuela, soy un chismoso (y un borracho) que siempre anda inventándole historias a la gente. Y es verdad, en ambos casos. Pero siempre hay excepciones: ésta no me la inventé. Si acaso, se la inventó Ramiro, el bodeguero. Fue él quien tarde a tarde dejó caer en mis oídos un detalle, una anécdota, un pedazo de la vida de los Sánchez y los Smith, que al unirse dieron vida a Alicia Flora, que al unirse a mí... ¡Ah! ¡Qué cosas digo! Alicia Flora no va a darme nada pero va a invitarme a acompañarla en su mesa apenas me acerque porque tengo la mirada que hace falta. Es así de simple. ¿Soy un engreído, un cabrón, un necio? Como quieran. Pero todas las mujeres que me miran, quieren que me quede. Lo que pasa es que algunas lo admiten, y otras no. A mí sinceramente me da lo mismo, porque ni siquiera me gustan las mujeres. No en el sentido de gusto que tiene la mayoría de la gente. A mí no me produce placer el sexo, no me estimula la idea de penetrar a una mujer por alguno de sus agujeros, ni me hacen fantasear un par de piernas bronceadas y largas, o dos senos firmes, redondos, suaves y erizables al tacto. Todo eso me da lo mismo. De hecho, me he dedicado con pasión de tesista a investigar por qué a todo el mundo parece producirle un interés tan obsesivo, una fiebre que raya en el delirio... y no lo descifro todavía del todo. A lo mejor por eso mismo es que quieren que me quede. Porque aunque me presente con un disfraz de seductor y aparente estar perdido en sus encantos... ellas huelen que en el fondo soy un farsante y un imposible. Y no pueden resistirse: ese hombre al que no van a poder tener ni aunque lo tengan, a ése, es al que tienen que conseguir aún si el precio es altísimo. 
Querida Alicia, mi precio no es tan alto. Solamente necesito que me mires un segundo y que me invites a sentarme para que las cosas tomen su propio rumbo. Si llevas en tus genes la inclinación a reproducirte en las caballerizas, yo podría hasta acompañarte a una y dejarte un niño en el vientre para que te realices. Pero primero vas a...
Un momento, ¿por qué no terminas de levantarte? ¿Vas a acercarte a su mesa? Y, ¿cuándo? Cuando se preguntaba eso ella apartó la mirada del libro que estaba leyendo, y clavó los ojos en él. Desde su punto de vista, era un flaco de lentes gruesos que vestía de cualquier forma y que machacaba la punta del lápiz contra el final de la página. Estaba como detenido, con la mandíbula apretada, sus ojos no dejaban de moverse hacia ningún sitio alternando la mirada perdida entre el papel, la pared y la barra. Fue ella quien se levantó, quien con paso firme caminó hacia la barra, hizo un gesto que interpretaron inmediatamente del lado de adentro y cogió las dos cervezas que le ofrecieron. Entonces fue hacia su mesa, apoyó las botellas friísimas, y preguntó:
-¿Qué es lo que estás buscando?
-¿Qué?, le respondió él con sudor en la frente, desarmado ante aquella voz, temblando.
-Qué. Estás. Buscando. Aquí. Día tras día. ¿Qué es lo que quieres de mí?
-Lo siento, señorita. Estoy ocupado. Perdone.
Dicho esto, hundió todavía con más fuerza la punta del lápiz sobre el final de la página, aplicando tal presión que la punta se quebró y dió un par de vueltas graciosas sobre la mesa antes de lanzarse al piso. Entonces se levantó. Sin mirarla, guardó las hojas escritas o garabateadas en una carpeta que en sus manos temblaba como hoja en el viento, dejó un billete por las dos cervezas, y salió. 
Ella observaba la escena con absoluta seriedad. Recogió el abrigo que Santos había dejado en el respaldo de la silla, hundió su nariz en el cuello de la prenda, luego lo apretó contra su pecho y caminó lentamente hacia el baño de los trabajadores del bar. Ya era su hora de entrar. 
Antes de salir de ese pequeño baño donde era tan difícil cambiarse y en el que la sofocaba día tras día la mezcla de olores a detergente de pino, pachulí y marihuana del ayudante de cocina, muy lentamente, asustada, levantó la mirada hacia el espejo. Descubrió que no quedaba rastro del azabache que, estaba segura, seguía allí esta mañana antes de salir de la pensión. Tenía de pronto los ojos almendrados, y verdes. Sintió dos lágrimas correr por sus mejillas. Alguien tocó la puerta y le gritó:
-Mercedes, ¿eres tú? ¡Apúrate, caray!
Una voz que no reconocía como propia respondió: 
-Alicia. Soy Alicia. -Y salió-.
Algo había que hacer con la tristeza. Estaba a punto de saberlo cuando el camión de la mudanza se detuvo frente al número 47 de la calle Rivas -Mato, como llamaba ahora a lo que antes era Casa. Desvió la mirada de la ventana desde donde se veía al ayudante, en el asiento del copiloto, confirmar que la calle y el número eran los correctos. Oyó claramente cómo cesaba el ruido del motor, cómo se agitaban las llaves en las manos del conductor y cómo con un golpe seco y simultáneo quedaban cerradas ambas puertas. Allí. Inmediatamente después del cierre de las puertas, entró a su pequeño momento "fuera del tiempo". Creía que solo en las películas... pero no. Porque durante ese brevísimo lapso que demoraron los dos hombres en recorrer aquellos doce pasos que separaban la puerta del camión y el timbre de la casa de muebles arrinconados y cajas haciendo montañas,  entendió súbitamente que algo había que hacer con la tristeza. Que ni siquiera la había embalado. Sentada como estaba sobre el sexto escalón que conducía a la que fuese su habitación de matrimonio, se preguntó cuánta se habría quedado desparramada bajo el colchón, en la ducha, en las orquídeas que de ahora en más quién sabe si regarán con suficiente técnica y empeño los nuevos dueños, en la tercera gaveta de la mesita de noche de Orlando, donde guardaba, desde hacía años, las cartas perfumadas, temblorosas, de su abuela. Se preguntó si él habría asumido esa vez siquiera una parte del botín y habría cargado en su mochila con un tercio, o un cuarto... decir con la mitad sería muy tonto, demasiado ingenuo. Pero decía una parte. Partecita. Oyó el timbre y se alarmó un poco más en serio: no había tristeza a la vista. Tampoco estaba en las cajas que ella estuvo armando desde hacía seis días. Sobre los muebles, ni rastro. ¿Habría sido expulsada de su reino por un descuido, cuando barrió y arrojó el polvo sin mirar en una bolsa? De pronto. Por el momento solo esa puntada de haber perdido otro amigo de tantos años. La nostalgia por otra presencia que se vería obligada a extrañar, y al mismo tiempo el alivio, como pasaba siempre en cada pérdida. Cuando los del camión finalizaron la carga, echó una última ojeada en el balcón del recibo. No estaba más. Les indicó las coordenadas exactas del nuevo destino y se puso en marcha también, sin música esa vez, sin ningún sonido. Llegó antes que el camión, abrió la puerta de la casa sola y se encontró de frente con aquella. Había elegido el espejo del pasillo para instalarse a vivir junto con ella. Se podría decir que sonreía. Ahí estaba, adelantada, segura de ser bienvenida, como siempre. Esperándola sin impaciencia. Sin sorpresas. La mujer se sintió reconfortada de volver a verla pero no estaba de acuerdo con que hubiese elegido precisamente el espejo: la hacía parecer más vieja.