lunes, 1 de enero de 2018

Algo había que hacer con la tristeza. Estaba a punto de saberlo cuando el camión de la mudanza se detuvo frente al número 47 de la calle Rivas -Mato, como llamaba ahora a lo que antes era Casa. Desvió la mirada de la ventana desde donde se veía al ayudante, en el asiento del copiloto, confirmar que la calle y el número eran los correctos. Oyó claramente cómo cesaba el ruido del motor, cómo se agitaban las llaves en las manos del conductor y cómo con un golpe seco y simultáneo quedaban cerradas ambas puertas. Allí. Inmediatamente después del cierre de las puertas, entró a su pequeño momento "fuera del tiempo". Creía que solo en las películas... pero no. Porque durante ese brevísimo lapso que demoraron los dos hombres en recorrer aquellos doce pasos que separaban la puerta del camión y el timbre de la casa de muebles arrinconados y cajas haciendo montañas,  entendió súbitamente que algo había que hacer con la tristeza. Que ni siquiera la había embalado. Sentada como estaba sobre el sexto escalón que conducía a la que fuese su habitación de matrimonio, se preguntó cuánta se habría quedado desparramada bajo el colchón, en la ducha, en las orquídeas que de ahora en más quién sabe si regarán con suficiente técnica y empeño los nuevos dueños, en la tercera gaveta de la mesita de noche de Orlando, donde guardaba, desde hacía años, las cartas perfumadas, temblorosas, de su abuela. Se preguntó si él habría asumido esa vez siquiera una parte del botín y habría cargado en su mochila con un tercio, o un cuarto... decir con la mitad sería muy tonto, demasiado ingenuo. Pero decía una parte. Partecita. Oyó el timbre y se alarmó un poco más en serio: no había tristeza a la vista. Tampoco estaba en las cajas que ella estuvo armando desde hacía seis días. Sobre los muebles, ni rastro. ¿Habría sido expulsada de su reino por un descuido, cuando barrió y arrojó el polvo sin mirar en una bolsa? De pronto. Por el momento solo esa puntada de haber perdido otro amigo de tantos años. La nostalgia por otra presencia que se vería obligada a extrañar, y al mismo tiempo el alivio, como pasaba siempre en cada pérdida. Cuando los del camión finalizaron la carga, echó una última ojeada en el balcón del recibo. No estaba más. Les indicó las coordenadas exactas del nuevo destino y se puso en marcha también, sin música esa vez, sin ningún sonido. Llegó antes que el camión, abrió la puerta de la casa sola y se encontró de frente con aquella. Había elegido el espejo del pasillo para instalarse a vivir junto con ella. Se podría decir que sonreía. Ahí estaba, adelantada, segura de ser bienvenida, como siempre. Esperándola sin impaciencia. Sin sorpresas. La mujer se sintió reconfortada de volver a verla pero no estaba de acuerdo con que hubiese elegido precisamente el espejo: la hacía parecer más vieja.

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